domingo, 5 de julio de 2009

Careto: In memoriam





Hoy se cumplen 3 años de la muerte de mi mascota, un Fox-Terrier de nombre Careto.
Nació en el año de las Olimpíadas de Barcelona, 1992 y mi intención era que se lo quedara mi padre, porque acababa de perder a su mascota, que era otro Fox, llamado también, Careto.

Como puede observar, estimado lector/a, en mi familia no hemos sido muy originales poniendo nombre a nuestras mascotas, pero quisiera romper una lanza en nuestro favor diciendo que han sido tan buenos perros que no queríamos perder su recuerdo.

Mi padre se había llevado tal disgusto por la muerte, - con 8 años -, del primer Careto, que no quiso ni a bien ni a mal exponerse a otro semejante.

Me tuve que hacer reo de mi ocurrencia y quedarme con un cachorro de 23 días, al que le tenía que dar biberones de leche de perra en polvo.

Desde pequeño se acomodaba en una postura que yo no había visto antes:

Se espatarraba en el suelo con las patas traseras abiertas completamente y así lo continuó haciendo hasta el fin de sus días.


















El Fox-Terrier de pelo duro es un animal independiente, arisco, con temperamento, que sólo se somete a un dueño y como su dueño no tenga carácter, acaba dominando el Fox.
Sabe hasta latín.

En cierta ocasión había bajado a la calle, (bajaba solo y subía solo de nuevo a casa), pero tardaba en subir. Me asomé por la ventana y le vi en el jardín de la urbanización olisqueando aquí y allá.

Le pegué un par de silbidos y se hizo el loco.
Entonces comencé a llamarle:

- Careto, .... Careto ...

Como no acababa de darse por aludido, le llamé con un tono cabreado

- ¡¡CARETO !!

Se dió la vuelta, miró hacia mi, cabreado y me dijo:

- ¡Qué!

Eso, para que vean lo que sabía la criatura.

Careto y yo hicimos el Camino de Santiago dos veces. Las dos veces fuimos solos, porque lo hablamos y coincidimos en que nadie nos iba a poder aguantar a ninguno de los dos tanto tiempo y encima, los dos juntos, menos.

La primera vez, él tenía un año y medio y cuando le pregunté al veterinario si creía que iba a aguantar bien una marcha de unos 200 kms. me dijo que la aguantaría mucho mejor que yo.

¡Santo varón. Qué razón tenía!

Salimos de Villafranca del Bierzo y Careto, - que casi siempre iba en libertad -, subía, bajaba, me traía palos para que se los tirara, me ladraba para que me diera prisa ...

Claro está que el que llevaba la mochila era yo.

Hicimos muchos amigos y amigas por la ruta y firmó en casi todos los libros de los albergues por donde estuvimos.

Recuerdo a unos empleados del Banco de Santander a los que conocimos en el albergue de O Cebreiro, con los cuales estuvimos caminando un par de días juntos y con los cuales Careto trabó mucha amistad. Uno de ellos, que era un tío grande, con barba poblada y muy serio, acabó siendo "el tío de Careto" y Careto le respetaba muchísimo. Entrañables recuerdos que me hacen sentir cariño y amistad. Un abrazo para todos ellos.












Después volvimos a hacer el Camino en el año 1.999, ésta vez desde Santander, lo que fué una experiencia extraordinaria, irrepetible, pero inolvidable. Fueron 25 días caminando, con multitud de anécdotas que quedarán grabadas en mi mente hasta el fin de mi memoria.

Quisiera que cualquiera que nunca haya tenido una mascota no piense que es una cosa ñoña ni un signo de debilidad.

Careto venía a trabajar conmigo todos los días.
En el coche tenía su ventana y le gustaba ir cortando el aire con sus barbas, aunque la ventolera le hiciera cerrar los ojos.

Saludaba a mis amigos cuando los encontrábamos, con una alegría propia de quien encuentra a un amigo y aunque los niños no le gustaban porque le tiraban del pelo, era un defensor acérrimo de esos locos bajitos. No podía ver que nadie pegase a un niño en su presencia. Se ponía a gruñirle y le enseñaba los dientes y como se le ocurriera levantarle la mano al niño, Careto se echaba encima del agresor/a.

Para hacerle rabiar hacíamos que reñíamos a cualquiera de mis sobrinos e incluso a mi, no me dejaba reñir al niño.

En cierta ocasión, bajó a la calle y un perro que se había escapado de un chalet de los alrededores, agredió a una niña de 4 añitos. Careto se tiró como una fiera y cuando llegó a casa, estaba lleno de sangre. Tenía mordiscos y cortes por todo el cuerpo. La escalera quedó llena de sangre. Le tuve que dar 14 puntos de sutura.

A los 15 minutos se presentó en casa una señora a la que yo no conocía, relatándome lo que al otro día me confirmaron otros testigos:

Careto se había lanzado a proteger a la criatura y el otro perro, - mucho más grande -, y él habían mantenido una pelea a muerte. Careto había ganado.

Era un chuleta; cariñoso pero sin pasarse. Sabía cuando estabas triste y se tumbaba a mi lado como intentando compartir mi tristeza. Y lo conseguía.

A veces vuelvo a sentir su presencia, de modo que sigo mirando detrás de mi silla para no pillarle, porque le gustaba echarse detrás mío, para enterarse por si me intentaba marchar sin él.

No quiero ponerme triste, porque quiero pensar que le di una vida de libertad y a mi manera, de cariño.

Por eso, quiero dedicar éstas líneas a un verdadero amigo. A un compañero fiel.

A Careto, In Memoriam.



2 comentarios:

Leona catalana dijo...

Nada de ñoñerias, te comprendo perfectamente.
Por cierto, la postura de Careto al echarse no es nada rara, mi hermana tuvo una perra de esta raza y se echaba igual.

El primer perro que tuvimos era un pointer. Se lo regalaron a mi padre porque iba a cazar los domingos. Bueno... yo soy anti caza y me enojé, hasta que descubrí que, más que cazar, se ponía las botas con las comilonas, ¡ja ja ja!
Lo crié yo, con biberones, y cuando salía de casa me lo llevaba siempre, envuelto en una mantita. Pobre bicho, recuerdo que cuando la Fiesta Mayor del barrio, lo monté conmigo en los autos de choque. Con una mano lo sujetaba a él a mi lado y con la otra conducía. Yo siempre iba a esquivar y tenía mucha práctica con eso. Era joven y guapa, conque todos los cabestros se dedicaban a chocar conmigo. Cuando no podía esquivar por ningún lado, giraba por completo el volante para irme hacia atrás, con lo que el choque quedaba sin efecto. Pero eran muchos y algunos consiguieron darme unos topetazos. Yogui no chistó, era un valiente.

Lo robaron cuando tenía unos cuatro o cinco años. Una noche que mi padre lo sacó a hacer sus necesidades. Lo dejaba suelto en un pequeño descampado que había detrás de casa. Alguien lo metió en una furgoneta y se lo llevó.

Lo buscamos incesantemente, poniendo anuncios en los periódicos, yendo a las perreras y visitando veterinarios. Nunca lo volvimos a ver.

Mañana te contaré sobre el que lo sustituyó.

Careto se ganó tu cariño, ello es evidente. ¡Qué jabato, enfrentarse con otro perro más grande para defender a una niña que no conocía!
Y es que los animales son más nobles e inteligentes que muchas personas, ¿verdad?

Un abrazo.

Daemon dijo...

Bonito recuerdo, sip.

Un abrazo